El niño: la cuerda sensible de todo un sistema
Por Vero Romar — Musicoterapeuta, especialista en Musicoterapia Arquetípica Transpersonal (M.A.T.)
El niño no es el problema. Por lo general el síntoma es una señal del sistema: una forma de comunicar que algo en la organización familiar necesita sostén, regulación y recursos. Desde una mirada sistémica, el desorden en un niño suele hablar del desorden del sistema. El niño puede funcionar como sensor del clima emocional y expresar en el cuerpo o la conducta aquello que aún no está simbolizado por los adultos.
Trabajo con niños y familias desde hace más de 15 años, en instituciones psiquiátricas, hogares de día, jardines de infantes y también en consultorio. En ese recorrido vi diagnósticos diversos, intentos múltiples, estrategias creativas… y también una escena que se repetía en muchos dispositivos: se buscaba que el niño “se acomode” sin mirar con profundidad el entramado que lo sostiene.
Con los años, este se volvió un criterio terapéutico central en mi práctica: no trabajo con el niño de manera aislada. Cuando el motivo de consulta es un niño, el abordaje requiere la presencia y el compromiso del sistema familiar. Por eso, si los adultos responsables no asumen un espacio de trabajo —sesiones para acompañar, revisar dinámicas, sostener recursos y límites—, no tomo el caso. Porque el síntoma del niño no ocurre en el vacío; muchas veces es una expresión sensible de cómo está organizado el sistema.
Con el tiempo empecé a observar un patrón: cuando una madre está sostenida —cuando tiene un espacio propio para escucharse, regularse, comprenderse y recuperar recursos—, en muchos casos el sistema familiar empieza a ordenarse. Y en ese ordenamiento, los síntomas del niño tienden a disminuir o transformarse. Vemos a la familia como sistema, y al niño como parte de ese entramado.
¿Qué propone la M.A.T. en este abordaje?
La Musicoterapia Arquetípica Transpersonal (M.A.T.) utiliza la música, el cuerpo, el ritmo, la voz y la creación como vías de acceso a lo que todavía no puede ser pensado o dicho de manera directa. En el trabajo con familias, esto permite escuchar el síntoma no solo como conducta a corregir, sino como un lenguaje que pide traducción y sostén.
Por eso proponemos un dispositivo con dos espacios terapéuticos en paralelo: un espacio para el niño o la niña y un espacio para la madre (y cuando es posible, también el padre). Lo ideal es que cada espacio sea acompañado por un/a profesional diferente, para resguardar la escucha y sostener con nitidez los límites del encuadre. Sin embargo, según la disponibilidad y las características del proceso, también puede ser la misma musicoterapeuta quien sostenga ambos espacios, cuidando la diferenciación de objetivos, tiempos y modos de intervención en cada uno.
Cada uno tiene su lugar. Cada uno tiene su tiempo. Y a la vez, ambos procesos se miran con una lógica común: comprender qué está pidiendo el síntoma y qué recursos necesita el sistema para ordenarse; para que la madre recupere sostén interno y externo, y para que el niño deje de cargar solo con la función de “cuerda sensible”.
¿Cómo es la dinámica de trabajo?
Solemos trabajar en ciclos de 13 sesiones: 13 encuentros para el niño/a y 13 encuentros para la madre (o cuidador principal). Al finalizar el ciclo, se evalúa si fue suficiente por el momento, si conviene una pausa para integrar o si es necesario iniciar otro ciclo. La cantidad de ciclos no se decide por ansiedad de “resolver rápido”, sino por lo que el proceso vaya mostrando. La clave es respetar los tiempos del niño, los de los adultos y los de la vida real.
En el mejor de los casos, este enfoque abre un escenario donde la maternidad/paternidad deja de vivirse como supervivencia y vuelve a sentirse como vínculo posible. Donde los adultos recuperan sostén, claridad y herramientas. Y donde el niño ya no necesita hablar por todos, porque el sistema empezó a escuchar.
¿Para quién puede ser útil este enfoque?
Para profesionales que acompañan infancias, esta perspectiva ofrece un marco para ampliar la lectura del síntoma sin reducir al niño a un diagnóstico. Ayuda a pensar la conducta, el cuerpo y la emoción como lenguajes posibles de un sistema que busca sostén y reorganización; y a integrar una mirada vincular que complemente lo individual, sumando recursos expresivos —música, ritmo, voz, cuerpo y creación— como vías de escucha, regulación y elaboración.
Para familias que están viviendo momentos de desborde, cansancio o desconcierto, este enfoque puede ser especialmente útil cuando aparecen síntomas que se repiten o preocupan: cambios en el ánimo, miedos, irritabilidad, explosiones, retraimiento, dificultades escolares persistentes, alteraciones del sueño o la alimentación, o señales corporales que no terminan de explicarse solo desde lo médico. También cuando el hogar atraviesa transiciones —separaciones, duelos, mudanzas, tensiones sostenidas— y el niño parece “cargar” con una sensibilidad que excede su edad.
Así vamos escuchando a las dos partes de este ser madre–hijo… y en el mejor de los casos, madre–padre–hijo: acompañando los procesos evolutivos, respetando los tiempos orgánicos de cada quien y encontrando recursos para que cada mamá o papá se sienta capaz, sostenida, con herramientas reales para ma/paternar y disfrutarlo.
Y para que cada niño pueda expresar su verdadero ser libremente, y no solo ser la cuerda sensible que presta la voz de lo que ocurre en todo el sistema familia
